Acaba de pasar el mediodía y el sol se refleja como nunca entre las ventanas de esta oficina. Después de meses de lluvia, a mitad de noviembre parece asomarse, de una vez por todas, aquel recuerdo infantil de diciembres ventosos, cielos de azul unánime y luz solar que se cuela en el canon de sombras que van dejando las cortinas mecidas por la brisa y la forma de las verjas.
Cuando salió a concurso la plaza de juez civil de Alajuela, me inscribí luego de meditarlo un buen rato. Cansado de la invisibilidad de ser Letrado y de la vida nómada del Juez Supernumerario, quería recalar en un Juzgado, Civil por supuesto, (porque a una pasión no se renuncia), donde mi esfuerzo tuviera rostro, donde el empeño diera sus réditos a corto, mediano o largo plazo. En otras palabras, donde mis sentencias llevaran mi propia firma, o bien, no me trasladaran a otra oficina después de haber dado mucho para mitigar la mora en un juzgado. Ya eran ocho años de andar en esto y, aunque hubiera preferido Heredia, San José o Cartago, firmé el oficio para concursar por Alajuela.
Sin esperarlo, me contaron que iba de primero en la terna. También pensé que a veces una leyenda negra es más famosa que la verdad. A la vez, medité sobre la gloria que podría haber en levantar algo, por quien muchos no se atrevían a apostar nada. Me advirtieron del calor, del desorden, del atraso, de la fiereza de los litigantes hastiados por la mora... en fin, de que lo único decente de este Juzgado era estar a dieciséis kilómetros de San José. Aún así luché por el puesto. Envié hojas de vida, me entrevisté con algunos de los electores del Consejo Superior y traté de publicitarme como un buen candidato para la plaza. Al final gané la votación 3 a 2 y me invistieron del cargo a partir del 1 de marzo de 2008. Además, a los quince días de estar acá me ofrecieron, y acepté, ser el Coordinador del Juzgado, lo que era igual a complicarse el doble de lo que ya había aceptado al venirme.
Soy hincha del Alajuelense y vine muchas veces a los partidos. Pero, siempre fue bajarse del autobús o el automóvil, caminar un par de cuadras, reír o llorar, para regresar lo más pronto posible terminado el encuentro. Nunca, como hasta ahora, me fui a caminar por cada calle, escudriñar cada rincón, cada barrio. Nunca imaginé como una ciudad podía tener tanta vida propia. Soy josefino, pero, y aquí cito a Joaquín Gutiérrez, San José es como el agua chacha. Presas y mucha gente, pero al final mucha indiferencia. El josefino casi no se mete con nadie, porque casi no le importa nadie. En cambio, Alajuela es lo más parecido a una persona, a alguien tumbado en una hamaca que cuenta historias, chistes, dichos, mientras deja pasar la modorra del atardecer caliente. Es una ciudad que se desnuda cuando pasás y te deja ver todos sus secretos y particularidades. Alajuela huele a tertulias interminables, a una forma optimista y graciosa de ver la vida. Si a todo el mundo le ponen apodo en el Parque de los Mangos, no es sino porque ese lugar es el paradigma de esa tertulia, donde las mismas personas departen diariamente y tienen la capacidad de observar cada detalle, para al final asirlo a la ciudad a través de un mote.
El título de este tema no es gratuito. Los días como hoy pongo "Tardes de Alajuela", de Ernesto Alfaro, en la guitarra magistral de Mario Ulloa. Compré el disco, cuando comencé a enterarme de que mi teoría sobre la leyenda negra era cierta. Cuando me percaté, sin mucho esfuerzo, que la mayoría de mis muchachos y muchachas lo que ocupaban era quien les hiciera porras, quien minimizara los yerros y gritara a galillo suelto los aciertos. Cuando me di cuenta que ellos, al igual que yo y la mayoría de seres humanos, necesitaban que les metieran el hombro en las feas y no solo en las lindas. Que quien los dirigía, también los entendía y era su primer aliado en las buenas, pero más en las malas. Me hice uno más de ellos. Los viernes, que todos andamos uniformados con una camiseta que autorizó el Consejo, es difícil para el extraño darse cuenta quien es el juez y quien el auxiliar. Me gusta la historia militar y, no en balde, sé que los generales más famosos siempre pelearon las batallas al lado de sus hombres, ganándose así su respeto y su lealtad.
Hoy ya es noviembre. La tarde es dorada. Ya los abogados casi ni vienen, o si lo hacen se ven tranquilos y hasta sonrientes. La mayoría está casi al día o muy cerca, al promedio de un Juzgado de San José, Heredia o Cartago. Casi no hay desorden, todos mis expedientes para sentencia no tienen plazo vencido. Mi oficina tiene dos frentes a la calle que siempre dejan entrar una brisa suave, ayudada por la sombra de ese gran roble que adorna e identifica a este edificio. El ambiente de la sala de auxiliares es como una ramificación de la alegre tertulia del parque. Acaba de terminar la canción de Mario Ulloa. Dicen que ser feliz es estar en paz interior. Hoy, ocho meses después de mis temores iniciales, lo único que me aburre y no me hace feliz aquí, es el ruido de los carros, camiones y buses en el semáforo de la esquina... el próximo año estrenaremos edificio y nos mudarán a un lugar más silencioso.
Alajuela, 14 de noviembre de 2008.
viernes, 14 de noviembre de 2008
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